Depresión postvacacional: cuando el problema no es volver al trabajo, sino perder el rumbo

Al terminar las vacaciones muchas personas no solo sienten pereza por volver a la rutina. Experimentan una sensación más profunda: vacío, irritabilidad, desmotivación o la impresión de que la vida que llevan no les representa. ¿Depresión postvacacional?

A esto solemos llamarlo depresión postvacacional, aunque en la mayoría de los casos no se trata de una depresión clínica, sino de un proceso de reajuste emocional que puede poner de manifiesto una pregunta incómoda:

¿Estoy viviendo la vida que realmente quiero?

¿Por qué septiembre nos remueve tanto?

Durante las vacaciones disminuyen las obligaciones y aumenta el contacto con aquello que nos hace sentir bien: disponer de nuestro tiempo, descansar, relacionarnos con otras personas, viajar, estar en contacto con la naturaleza o simplemente vivir con menos prisa.

Al regresar, el contraste puede ser importante.

Y quizá la tristeza no aparezca únicamente porque termine el verano, sino porque la rutina nos devuelve a una vida que, en algunos aspectos, sentimos demasiado automática.

Desde la psicología integrativa entendemos el malestar teniendo en cuenta diferentes dimensiones de la persona: pensamientos, emociones, conductas, relaciones, circunstancias vitales, necesidades y valores.

Por eso, ante el malestar postvacacional, además de preguntarnos “¿cómo puedo sentirme mejor?”, puede resultar interesante hacernos otra pregunta:

¿Qué me está queriendo decir este malestar sobre la vida que estoy llevando?

No confundamos tristeza con depresión

Es normal que durante los primeros días de incorporación aparezcan:

  • Cansancio o apatía.
  • Menor motivación.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Irritabilidad.
  • Nostalgia por las vacaciones.
  • Sensación de necesitar unos días para recuperar el ritmo.

Habitualmente estas sensaciones disminuyen progresivamente a medida que nos adaptamos de nuevo a nuestros horarios y responsabilidades.

Sin embargo, cuando el bajo estado de ánimo se mantiene, existe una pérdida importante de interés o placer, aparece desesperanza o comienza a deteriorarse significativamente el funcionamiento cotidiano, conviene realizar una valoración profesional.

La felicidad no consiste en estar bien todo el tiempo

Uno de los errores que podemos cometer es plantearnos la felicidad como un estado emocional permanente.

Ninguna vida está libre de tristeza, frustración, incertidumbre, miedo o dificultades.

Quizá sea más útil entender el bienestar como la posibilidad de construir una vida que tenga sentido para nosotros, incluso sabiendo que esa vida también contendrá momentos difíciles.

En muchas ocasiones, sentirnos bien tiene más que ver con percibir que avanzamos en una dirección que consideramos valiosa que con experimentar emociones positivas constantemente.

El sentido de la vida también se construye

A veces una persona puede tener trabajo, familia, relaciones sociales y estabilidad y, sin embargo, experimentar cierta sensación de vacío.

No necesariamente significa que haya algo gravemente equivocado en su vida.

Puede significar simplemente que necesita detenerse y revisar algunas cuestiones:

¿Qué es importante para mí en este momento de mi vida?

¿A qué estoy dedicando mi tiempo?

¿Coinciden ambas cosas?

Podemos revisar cuatro áreas especialmente relevantes:

Vínculos: ¿Tengo relaciones en las que me siento querido, valorado y conectado?

Crecimiento: ¿Siento que aprendo, avanzo y desarrollo capacidades importantes para mí?

Autonomía: ¿Estoy tomando decisiones propias o vivo fundamentalmente respondiendo a obligaciones y expectativas?

Propósito: ¿Encuentro significado en aquello a lo que dedico una parte importante de mi vida?

No necesitamos tener todas las respuestas. Pero empezar a hacernos estas preguntas ya supone abandonar, en cierta medida, el piloto automático.

Septiembre puede ser una oportunidad

En lugar de considerar septiembre únicamente como el mes de “volver a empezar”, podemos utilizarlo como un pequeño momento de revisión.

Antes de llenar nuevamente nuestra agenda, podemos preguntarnos:

  1. ¿Qué momentos de este verano me han hecho sentir especialmente bien?
  2. ¿Qué había en esos momentos que necesito más en mi vida cotidiana?
  3. ¿Qué aspectos de mi rutina me aportan bienestar y quiero conservar?
  4. ¿Qué estoy manteniendo únicamente por costumbre, miedo u obligación?
  5. Si dentro de un año mirara hacia atrás, ¿qué me gustaría haber cambiado?

Las respuestas pueden ofrecernos información muy valiosa sobre nuestras necesidades actuales.

Objetivos que realmente nos acerquen a la vida que queremos

Septiembre suele llenarse de grandes propósitos: hacer deporte, adelgazar, aprender idiomas, cambiar de trabajo, organizarse mejor…

Pero un objetivo tiene muchas más posibilidades de mantenerse cuando está conectado con un valor personal.

No es lo mismo pensar:

“Tengo que hacer ejercicio”

que:

“Quiero cuidar mi cuerpo porque quiero llegar a los próximos años con salud, autonomía y energía.”

No es lo mismo:

“Tengo que quedar más con mis amigos”

que:

“Las relaciones son importantes para mí y quiero dedicarles espacio en mi vida.”

Cuando sabemos para qué queremos algo, resulta mucho más fácil decidir qué tenemos que hacer.

Y tampoco necesitamos realizar grandes cambios.

Un objetivo puede comenzar con una conducta pequeña y concreta: reservar una tarde para alguien importante, recuperar una actividad abandonada, establecer un límite, dedicar media hora a un proyecto personal o empezar a explorar una posibilidad profesional diferente.

Un pequeño ejercicio para este comienzo de curso

Podemos coger una hoja y dividirla en dos partes.

La vida que tengo

¿Qué cosas me dan energía?

¿Qué cosas me la quitan?

¿Qué quiero conservar?

La vida que quiero construir

¿Qué necesito incorporar?

¿Qué necesito reducir?

¿Qué necesito cambiar?

Y finalmente:

¿Cuál es el paso más pequeño que puedo dar esta semana para acercarme a esa vida?

No necesitamos transformar nuestra vida en septiembre.

Pero sí podemos empezar a dirigirla.

Una última reflexión

Las vacaciones quizá no nos hagan felices únicamente porque no trabajamos o porque viajamos.

También nos permiten experimentar algo que durante el resto del año escasea: tiempo, presencia, libertad para elegir y conexión con aquello que disfrutamos.

Por eso, cuando aparece tristeza al regresar, quizá merezca la pena no intentar eliminarla inmediatamente.

Podemos escucharla.

Tal vez esté señalando simplemente el esfuerzo de volver a adaptarnos.

Pero, en otras ocasiones, puede estar invitándonos a revisar algo más profundo.

Porque quizá el verdadero objetivo de septiembre no sea simplemente volver a la rutina, sino construir una rutina de la que no necesitemos escapar.