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¿A qué tienes miedo?

 

El miedo es una emoción universal. Todos en algún momento de nuestra vida lo hemos sentido. ¿Quien de nosotros no se ha encontrado paralizado, sin saber qué hacer? ¿Cuántas veces nos hemos percibido indefensos ante situaciones sobre las que creíamos no tener ningún control? Todos, sin excepción, lo hemos experimentado. Por consiguiente, no se trata tanto de decir “tú sientes miedo y yo no”, “yo soy fuerte, tú cobarde”, de lo que se trata es de la frecuencia, de la intensidad con la que lo sentimos y sobre todo cómo nos conducimos ante él.

Como casi siempre, el camino para superar el miedo es saber mirarlo de frente, sin escaparnos. Cada vez que lo evitamos, en el momento que miramos para otra parte nos estará ganando la batalla. Tolerar el desasosiego que nos produce, perder “miedo al miedo”, es nuestra baza. Al enfrentarnos a él pierde su entidad y aprendemos a combatirlo.

Aunque el miedo es universal puede, sin embargo, encarnarse de muy diferentes formas:

Algunas personas sienten un miedo atroz al fracaso, “a no ser nadie”, como si eso fuera posible. En ese afán de encontrar un “alguien especial” se pierden una y otra vez en el camino. Nunca están satisfechos, siempre hay que ser algo más, se pierde el placer de disfrutar de uno mismo.

Uno de los problemas más importantes con el que nos encontramos es con la distancia que existe entre ese “Yo ideal” y el “Yo real”. He aquí el germen de los trastornos de ansiedad que llenan las consultas de psicología, el estrés, la ansiedad, los miedos, todos comparten  esa disonancia entre el uno y el  otro, porque esa distancia se hace para muchos insalvable, por mucho que corras tras él,  más se aleja.

Cuando nos queremos dar cuenta nos hemos pasado la vida  corriendo en pos de un ideal escurridizo, se ríe de nosotros, resulta difícil de alcanzar. Además, se corre el riesgo de, “si mira tu por donde alguna vez crees que lo has alcanzado, te des cuenta que no te gusta, te sientas atrapado en una piel que no eres tú” ¿y ahora qué?

  No nos damos cuenta de que caemos en una espiral donde, cuanto más creemos acercarnos al “ideal”, más nos alejamos de nosotros mismos. La huida de nosotros nos conduce a sentirnos perdidos, hay que darse cuenta de lo que somos, y desde aquí, desde nuestras limitaciones, intentar mejorar aquello que podemos mejorar, desde aquí, cambiar aquello que podamos cambiar, desde aquí, desde la realidad de lo que somos, es de donde podemos construir una realidad mejor.

 

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